Rockvolución Empresarial: Letra, música y algo más

Una canción típica tiene al menos dos elementos distintos: la música y la letra. Podríamos decir que la música transmite la parte no emocional del mensaje y la letra transmite la parte racional. La música remueve cosas dentro de nosotros que nuestra psique no logra comprender ni apenas racionalizar. La letra, en cambio, conecta con la mente racional que la escucha y la comprende, enlazándola con nuestras propias experiencias vitales y creencias. De este modo la letra consigue que la música sintonice con nosotros más si cabe, porque activa una especie de pegamento emocional que hará que esa canción en concreto se “pegue” a nuestro ser, tal vez para siempre (si la emoción es suficientemente fuerte).

Así que tenemos dos cosas verdaderamente fascinantes: el contagio emocional y el pegamento emocional. ¡Qué cosa tan alucinante la música!, ¿no le parece? Sobre esta capa de música y letra hubo una banda legendaria que desde sus inicios fue de las más innovadoras de su generación (y las generaciones posteriores) y que añadió una capa nueva. Estoy hablando de nuevo de Pink Floyd.

En sus orígenes se dedicaban a hacer una música enmarcada dentro del rock psicodélico. Era una época en la que corrían ríos de LSD entre el mar del público. Los asistentes a los conciertos acudían buscando un “viaje” que enriqueciera sus vidas, les liberara de la aburrida e insulsa cotidianidad y tal vez diera un significado a la misteriosa existencia humana.

Los Pink Floyd fueron los primeros en añadir una capa extra al binomio música + letra (emocional / racional). Se les ocurrió cuidar mucho su puesta en escena añadiendo luces de colores e imágenes en el escenario. El público se encontró con una experiencia sensorial enriquecida que, además, le venía como anillo al dedo a los viajes lisérgicos que pretendían. La aparición de coreografías de luces e imágenes en el escenario, integradas con la música psicodélica, estimuló la aparición de nuevas sensaciones y emociones entre el público, y ya sabemos que las nuevas sensaciones son la puerta del éxito.

La experiencia audiovisual enriquecida con luces e imágenes aceleró el fenómeno del contagio emocional (me temo que el consumo de LSD también jugaba su papel en esto). Aquél descubrimiento se ha perpetuado y perfeccionado hasta la actualidad en muchos ámbitos musicales, fuera de la música psicodélica que tuvo su momento hace más de cuatro décadas. Los conciertos de Pink Floyd se caracterizaron por ser una experiencia increíblemente enriquecida para el público: desde el sonido cuadrafónico, empleado ya a principios de los años 70 en los estadios donde tocaban, hasta los gigantescos personajes inflables que invadían el escenario e incluso sobrevolaban al público en zepelines con forma de cerdo llenos de mensajes pintados. Nadie que haya vivido en directo uno de esos conciertos podrá olvidarlo nunca.

¿Y qué pasa con las empresas? Hablo de esas que tienen clientes a cientos y a miles o millones. ¿Hasta qué punto tenemos en cuenta las emociones de nuestros clientes? Qué sentirán firmando nuestra póliza de seguros, o al coger con sus manos nuestro producto en el lineal del supermercado; que sentirán cuando desembalen en sus casas nuestro televisor de pantalla plana en ·D o rellenando nuestros formularios para acceder a nuestros servicios… Todo eso es vital para su ACTITUD hacia nosotros. Y su actitud es vital para nuestra SUPERVIVENCIA como organización o como empresa. Los fans se reproducen, se perpetúan, evangelizan a otros sobre nosotros y nuestro legado. ¿No deberíamos pensar en sus emociones un poco más?