A falta de comprobar cómo funcionan los nuevos festivales madrileños (este mismo fin de semana arranca Utopía y en unos días, Mad Cool) y ante el arranque de una nueva edición de Primavera Sound, merece la pena rescatar este artículo de Vern Bueno escrito para el VII Anuario de la Música en Vivo.

Cataluña, con Barcelona y la costa Brava como epicentros. La costa de Levante, desde Benicássim hasta Murcia pasando por Benidorm. El País Vasco. Si viéramos el mapa de los grandes festivales de música en España como uno de contaminación lumínica, casi todos los puntos de luz se concentrarían en estas tres zonas. El resto quedaría casi a oscuras.

El desequilibrio es patente y los motivos, muchos y variados: tendencias históricas, variables económicas, capacidad de atracción turística, espacios e infraestructuras disponibles, el papel de las administraciones y, por último, pero no por ello menos importante, la visión y tenacidad de sus promotores. A eso se suma que la mayoría de grandes eventos tienen lugar en verano o a las puertas del mismo.

Pero los promotores prefieren matizar. “No hay una fórmula mágica que te garantice el éxito de un festival”, apunta Albert Guijarro, director del Primavera Sound. José Piñeiro, director del Low Festival de Benidorm, añade: “La localización no lo es todo, con un cartel mediocre y una producción mala estás condenado igualmente al fracaso”.

 El periodista Xavier Cervantes (diario Ara, Rockdelux) apunta a dos factores históricos que consolidan esta dinámica. Por un lado, “la alianza de la cultura con la industria turística”, que desde finales del siglo XIX ha localizado muchos de los grandes eventos en “resorts” veraniegos: Venecia, Cannes o San Sebastián en el caso del séptimo arte, el resort de Montreux en Suiza para su célebre festival de Jazz, o los festivales de música clásica de Peralada o Santander.

A todo ello se suma la tendencia en España a considerar los festivales como “una via de escape” para un público mayoritariamente juvenil, lejos del hogar y de los padres. El FIB, uno de los festivales decanos en España, se inscribe en este modelo y ha marcado tendencia.

El camino tortuoso de Madrid

En Madrid se concentra la mayor masa crítica de aficionados a la música posible, pero ese público tan numeroso llena recintos en conciertos puntuales o bien ciclos alargados en el tiempo. “Para los madrileños, un festival de este tipo en su propia ciudad o comunidad no deja de ser un sucedáneo de escapada”, resume Pablo Bautista, director del Mulafest en la capital española.

Además, “la ciudad, en su crecimiento, no ha pensado en crear espacios que puedan acoger este tipo de eventos”, lamentan. DCode, que redujo su duración de dos a un solo día, lo hace en el campus de la Universidad Complutense, un espacio con encanto pero reducido. “No podremos competir nunca con festivales con el doble de capacidad, hay artistas cuyo caché no podremos pagar jamás a no ser que doblemos el precio de las entradas”, resume Ramón Martín, director de esta cita, quien subraya que eso es algo que los madrileños no termina de aceptar.

La tragedia del Madrid Arena (2012) “ha inducido el miedo a impulsar grandes acontecimientos”, dice Bautista, que lamenta que “las normativas de horarios, aforos y ruido hacen prácticamente imposible montar nada en los espacios públicos”. Martín coincide plenamente. “En el ámbito de espectáculos tenemos unas leyes estatales completamente desfasadas pero que con voluntad política pueden suavizarse, tal y como ocurre en otras comunidades”.

Tampoco existe, según él, un apoyo económico público que ayude a los festivales a crecer y consolidarse a cambio del retorno que generan en visitantes, contrataciones y difusión de la ciudad. “En Madrid falta sensibilidad hacia la música en vivo y capacidad de entender su potencial”, concluye.

La ‘ciudad marca’

Barcelona es el caso opuesto a Madrid. Cuando Primavera Sound y Sónar -dos de los diez más importantes del mundo- crecieron tanto que tuvieron que buscar nuevos emplazamientos, encontraron sitios que se adaptaban como un guante a sus pretensiones: el primero saltó del Poble Espanyol al Forum, y  el segundo del CCCB al recinto ferial de Montjuïc en su versión diurna.

Desde el Primavera Sound también aplauden tener “las instituciones de cara”. “Confían en el festival y quieren verlo crecer, esto es vital. ¡Y no estoy hablando de subvenciones!” dice su director, que todavía recuerda su mala experiencia con el “hermano menor” del festival, el otoñal Primavera Club, en su versión madrileña. “Aquello terminó cuando tuvimos un problema absurdo de aforo en el recinto y no encontramos ningún interlocutor para poder solventarlo”.

“Si no fuera por la ‘marca Barcelona‘ creada después de los Juegos Olímpicos de 1992, hoy Primavera y Sónar no existirían, o se celebrarían en otro lugar”, apunta Xavier Cervantes. Sus atractivos son evidentes: clima apacible, playa, atractivos culturales, vuelos a todas partes de Europa, buenas infraestructuras…”Es imbatible”, resume Cervantes.

Este modelo tiene un punto perverso: “corres el riesgo, con el paso de los años, de perder personalidad y alejarte del territorio”, apunta el periodista, que denuncia que la imagen de capital mundial de la música es “falsa”, pues más allá de los grandes festivales, la agenda de conciertos es “mucho menor que en otras ciudades europeas similares”.

El éxito de apuestas recientes como Low o Arenal Sound ha certificado que uno de los territorios más fructíferos para los festivales es la costa levantina. Uno de los secretos del éxito es que los pueblos y ciudades que los acogen lo han hecho con los brazos abiertos, conscientes de los beneficios que les comporta. “Les traemos gente nueva, un turismo diferente al acostumbrado, proyectamos Benidorm como destino cultural y la ciudad lo valora, lo disfruta y se vuelca con nosotros”, destaca José Piñero, director del Low.

Sin el apoyo necesario

Lo normal sería que otra zona de España que reúne potencialidades muy parecidas como es la Costa del Sol andaluza cosechara resultados similares, pero 2+2 no siempre son 4. El ejemplo es el desaparecido 101 Sun Festival, una ambiciosa apuesta de Planet Events en Málaga, donde se puso toda la carne en el asador con una primera edición en 2014 (Franz Ferdinand, Crystal Fighters…), que reunió más de 22.000 asistentes.

Hubo un elemento clave que falló: la ayuda de la administración. “Si no hubo edición del 2015 fue simplemente por las trabas de toda índole que nos pusieron”, resume Pepe Rodríguez, director del evento. El Estadio de Atletismo de Málaga, sede de la edición inaugural fue descartado por las instituciones públicas debido a las quejas de los vecinos. “No hubo manera de que nos dejaran un recinto alternativo a la altura del evento, todo eran problemas”, se lamenta.

 

Sobre El Autor

Vern Bueno

Vern Bueno (Barcelona, 1982). Periodista. Redactor del Anuario de la Asociación de Promotores Musicales. Anteriormente, corresponsal y cronista de conciertos en Agencia EFE.

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