Beyoncé
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Beyoncé, los visual albums y la falta de originalidad

«Seamos un poco borregos: si BBC, MTV, The New York Times, Pitchfork, PBS, Esquire o The Guardian han cortado ya la cinta inaugural de la era del visual album, habrá que ponerse a hablar de ello en algún momento, ¿no? Porque no es fácil (nadie se atreve a definirlo con precisión y rigor, por ejemplo), pero hay que hacerlo. Si no, estaríamos ignorando que ‘Lemonade’ de Beyoncé, un lanzamiento separado en disco y en TV-special para la HBO (sí, hijo mío, así la definen en IMDB), ha sido uno de los fenómenos audiovisuales de este año», escribe Joan Pons.

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Y es qu el videoclip ‘Lemonade‘, de Beyoncé, «ha sido elogiado por muchos de sus logros: por la manera en que denuncia la sistémica opresión de la mujer negra, por su innovadora aproximación al pop y por la valentía con que la musa negra reconquista de nuevo la intimidad que en su día le arrebataron los tabloides y los paparazzi». Pero Daisy Jones lo lleva más allá. Para ella ‘Lemonade’, como el ‘Vulnicura‘ de Björk, transpira un dolor «estridente, feo y desvergonzado. Claro que son rompedoras excepciones a la regla del pop”.

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Pero así como en estas propuestas la creatividad es el valor máximo, hay otras en las que simplemente no parece necesaria. El último número de la revista de ARTE (Asociación de Representantes Técnicos del Espectáculo) incluye un suplemento de 36 páginas dedicado a los artistas tributo, esos solistas y grupos que suplantan a figuras famosas. Diego A. Manrique lo ve así: «Se trata de una mala noticia para los grupos actuales con repertorio propio. De la misma forma que sus canciones frescas deben competir con los 60 años de rock, disponibles en la Red, ahora se disputan los escenarios con avatares de las leyendas. Amigo, la originalidad creativa no constituye necesariamente un plus».

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Pero es que en los últimos año ha ido muriendo mucha creatividad. Ayer se cumplía un cuarto de siglo de la muerte de Tino Casal, con quien también se fue, para siempre, la Movida madrileña. Fue en medio de ese jaleo en el que, «llamativo pero a la vez discreto, como Jack Fairy en Velvet Goldmine, paseaba con sutileza a través de los años José Celestino Casal Álvarez, que rozando la treintena había regresado de Londres convertido en Tino Casal para erigirse en uno de los principales exponentes de aquella revolución de lentejuelas, hombreras y laca que inundaba Madrid en los ochenta».

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