En la primera década del 2000 las giras se consolidaron con la aparición de nuevos actores, patrocinios y marcas interesadas en aprovechar el potencial de la música y la juventud. Se organizaron grandes conciertos auspiciados por Movistar y Ducados, entre otros. Los directos de algunos artistas nacionales y fenómenos como Operación Triunfo arrasaron en toda España (otra cosa era la calidad o creatividad).

Por fin, podíamos decir que la música en vivo llegaba a todas las generaciones y ciudades del Estado. Demostraba así su potencial a futuro si se hacían las cosas bien. Lamentablemente, no podemos decir que se aprovechara la oportunidad de crear una industria fuerte y consolidada.

Volvimos a caer en la trampa de la administración pública, con sus usos y abusos. Recordemos lo que decía el incompetente señor Aznar y su PP del momento: “Operación Triunfo es la generación joven del PP”. ¿Se puede ser más aprovechado, falso y oportunista?

También surgió con fuerza, impulsado por el dinero público, el fenómeno de los festivales. Si bien es cierto que en los 90 habían aparecido los primeros del Estado (Sónar, Doctor Music Festival, Espárrago Rock, FIB), el gran estallido se dio en los 2000.

Todo el mundo puede organizar un festival, en cualquier lado y apoyado por dinero público. ¿Dejaríamos en manos de un aprendiz de paleta la construcción de una casa? No lo creo. Se pagaban cachés impresentables a artistas internacionales y, más tarde, también a los nacionales.

Estos últimos cobraban cachés súper inflados a cambio de dar conciertos gratis en todas las plazas públicas de España, lo que volvió a poner a la industria privada en una situación de imposible competitividad.

Por si fuera poco, llegó la revolución de internet. Fue el gran momento MySpace y Emule (quien se acuerda ahora), cuando el streaming no era posible por prestaciones técnicas y un CD tardaba horas en descargarse. Para las discográficas, esos años fueron un punto y aparte. Principalmente para las multinacionales, descolocadas ante el nuevo panorama que se les venía encima.

Recuerdo una reunión con Alfonso Pérez en Warner a finales de los 2000, cuando yo trabajaba para el grupo No Way Out, que había firmado para la multinacional. Pérez, al verme llegar, me llamó a su despacho: “Mira, Xavi, -dijo enseñándome la pantalla de su ordenador con el video en Youtube del single del disco que acabábamos de sacar con 1.200.000 vistas- ¿Esto qué coño es? ¡Si solo hemos vendido 4.000 discos! ¡No entiendo nada!”. A lo que respondí: “Pues acostúmbrate”. Y nos reímos.

Recordemos esas geniales declaraciones de directores de multinacional en las que justificaban el precio del CD a 20 euros porque no podía venderse “un porche a precio de ganga”, cuando todos sabemos que en cantidades más que razonables con portada e interior salía a 1,50 euros por unidad. Las grandes empresas, como siempre, al frente de la innovación e investigación. Ese director se quedó sin trabajo.

A finales de los 2000, las discográficas vieron que solo vendiendo CD no sobrevivirían y lo quisieron TODO. Solo firmaban con bandas que aceptaban un acuerdo 360 grados. Es decir, “quiero parte de todo tu negocio, aunque no te aseguro que consiga el objetivo ni que todo funcione bien por mi parte”. Se quedaban un porcentaje por el management, por los conciertos en vivo, de la agencia de contratación, del merchandising, de los derechos de imagen y, por supuesto, editoriales de los temas.

O me lo das todo, o no hay trato. Así era, y a las bandas con las que ya habían firmado, les apretaron para modificar los contratos y obtener un porcentaje de todos sus ingresos. El problema fue que las discográficas no estaban capacitadas para hacerse cargo de todo lo necesario para desarrollar una carrera artística. No sabían hacerlo, y corrieron a fichar a otros profesionales para conseguir su parte.

No solo en España, sino a nivel mundial, muchos artistas a vendieron su alma y obra a multinacionales o bien para cumplir su sueño o bien por la simple ambición y deseo ser grandes. Pero repito, no se les daba ninguna garantía de que iban a conseguirlo. De hecho, hemos visto grandes litigios a nivel mundial debido a esta situación.

Y luego hubo las multinacionales del directo. Aparecieron actores que decidieron tomar el mundo de la música por asalto, o por pasta. Da igual como queramos llamarlo. Empresas americanas (campeonas del liberalismo económico) decidieron hacerse con el negocio de la música en vivo, y en algunos casos con tintes de discográfica.

Live Nation o AEG, por ejemplo, empezaron primero comprando recintos en Estados Unidos, radios y medios musicales en general, llegando a acuerdos globales con artistas para sus giras americanas. Trasladaron el modelo a Europa con la compra de las más grandes promotoras de conciertos de cada país y algunas de las más grandes agencias de contratación de artistas del Reino Unido.

De esta manera, el dominio sobre los grandes artistas y sus giras pasó a ser completo, así como sobre la contratación de otros músicos a través de las agencias británicas que acababan de adquirir. ¿De verdad U2 necesitaba a alguien que controlara en exclusiva todo su negocio del directo para alcanzar el éxito? ¿De verdad lo necesitaba para obtener beneficios suficientes para vivir cuatro vidas?

Foto: Universal music / Xavi Mercader

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