España es un país en el que la industria musical y, en concreto la del directo, llegó tarde y mal. Los 40 años de franquismo hicieron mucho daño a la cultura popular. Los 50, 60 y 70 habían sido años clave, en los que nacieron las grandes giras, aparecieron los grandes artistas que hoy se han convertido en mitos y las discográficas se afianzaron y conglomeraron. Todo eso pasó a un ritmo acelerado. Pero aquí, en España, debido a una dictadura que rechazaba todo aquello que pudiera oler a cambio, la juventud inquieta y la protesta eran automáticamente bloqueadas por un régimen agónico, pero férreo en el control.

El disco azul de The Beatles, de 1970, salió en España diferente de cómo lo hizo en el resto del mundo. La canción ‘Ballad of John and Yoko’ fue sustituida por Don’t Let Me Down, por la simple razón que en una frase de la canción se decía “Christ you know it ain’t easy” (Cristo, sabes que no será fácil). En el clásico de 1971 American Pie, de Don Maclean, se escuchaba un pitido que tapaba una referencia a la santísima trinidad: “And the three men I admire the most, the Father, the Son and the Holy Ghost” (Y los tres hombres que más admiro, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo). Estos son solo algunos ejemplos del problema.

Las grandes giras de ese momento no pasaban por este país y cuando empezaron a hacerlo fue bajo un férreo control y represión. En 1965, durante los conciertos de The Beatles, la policía ocupaba casi más localidades que el público en esas benditas plazas de toros de Barcelona y Madrid. Con The Rolling Stones, ya en 1976, la policía estaba en el exterior repartiendo estopa a “esos hippies asquerosos” que habían osado ir al concierto. Así lo relata Gay Mercader, quien tuvo además increíbles problemas para poder organizar ese show.

Eso sí, los bailes en los pueblos y las sacrosantas fiestas de las ciudades eran de lo poco que se podía aportar como industria musical. Las instituciones pagaban y tocaban los pocos grupos nacionales del momento. Hoy continúa la dependencia de lo público.

La iniciativa privada era prácticamente inexistente, como lo era el público que iba a conciertos. Durante varias generaciones no hubo ningún interés por la música popular en directo. Las élites iban a la ópera y la zarzuela; y el pueblo llano organizaba “guateques” a escondidas con discos de “contrabando” llegados directamente desde Londres, imposibles de encontrar aquí.

En los 70, la mayor parte de la industria discográfica estaba ubicada en Barcelona, que paso a paso se fue desplazando hacia Madrid. Los grupos que a finales de la década empezaron a venir a España se limitaban a las dos capitales. Como tercera ciudad en discordia estaba San Sebastián o Bilbao. Intentar algo fuera de ese triángulo era casi imposible.

La consecuencia de ese tiempo se ha pagado con creces durante décadas. Prácticamente hasta los 90. No se creó un público ni una masa crítica. La mayoría de la gente que entre finales de los 70 y primeros de los 80 tenía entre 35 y 45 años probablemente no había ido a un concierto en su vida. En países como Dinamarca, Inglaterra y el resto de Europa occidental ya existían las grandes giras y festivales; y los conciertos, tanto en clubs como en grandes recintos, eran habituales. Aquí, no.

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