Salas de conciertos y turismo. Son dos factores condenados a encontrarse. Ciudades como Berlín, Barcelona y Donostia reciben a diario miles de visitantes de todo el mundo que recorren sus calles, visitan sus museos y frecuentan sus tiendas y restaurantes. ¿Pero cómo afecta eso al día a día de las salas de conciertos?

La cuestión se abordó en una de las primeras mesas de debate del jueves en el marco del BIME Pro: ‘Retos de las salas de conciertos en entornos turísticos’.

Para hablar de ello estaban Naiara Lasa, jefa del equipo artístico de la Sala Apolo, en Barcelona; Álex López Allende, de la sala Dabadaba de Donostia; y Raimund Reintjes, de Clubcommission de Berlín. Arkatiz Villar, coordinador de Kultura Live, se encargó de moderar la charla.

La primera diferencia fue la más clara. El turismo internacional que viaja hasta Berlín para vivir su noche es un porcentaje alto. Y las salas responden a ello. En cambio, tanto Sala Apolo como Dabadaba diseñan su oferta pensando en el público local.

Oportunidad y problema

Es más, ven el turismo como una oportunidad, pero también como algo espinoso. “En el barrio de la Sala Apolo tenemos un problema muy fuerte de gentrificación, con un aumento de los alquileres inasumible”, recordó Lasa. Ella misma, confesó, ha tenido que mudarse fuera de la ciudad, mientras que antes iba andando al trabajo.

Y a la vez, los principales problemas de la sala tienen que ver también con la gente local: en particular, con los vecinos. De hecho, todas las medidas que han aplicado últimamente pretenden solucionar cuestiones que ya llevan años abiertas.

“Hemos hecho una súper infraestructura para que no se nos escape el sonido; hemos construido una sala de fumadores porque teníamos un problema con la gente que salía fuera a fumar; decidimos mantener la sala abierta hasta que el metro abriera expresamente para que la gente no se quede pululando por ahí, etc.”, relata Lasa.

Ella lo tiene claro: “Todo esto ha pasado siempre y seguirá pasando, porque el ocio nocturno va a seguir existiendo. Pero, por lo menos, nosotros tenemos la suerte de nutrirnos de todo lo local. Porque además Barcelona es una ciudad con mucho movimiento, y muy permeable a toda novedad. Así que para nosotros el turismo no es un plus. En todo caso, una oportunidad a nivel puntual”.

En ese sentido, destacó la diferencia entre la Sala Apolo como recinto y los grandes festivales que tienen lugar en Barcelona. “Tenemos dos mega festivales que sí atraen mucho turismo musical y generan un impacto económico brutal para la ciudad, pero a la vez, por una cuestión de precios, están dejando apartado al público local”.

Por esa razón criticó que las instituciones no tengan más en cuenta a la Sala Apolo como un agente cultural de primer orden. “No tenemos ningún interlocutor en la institución local que gestione nuestros problemas. Y eso que somos una entidad querida, y al ayuntamiento le convendría cuidarnos. Pero no hacen nada para ayudarnos. No se está poniendo en valor todo el trabajo que estamos haciendo”.

Las instituciones

López, por su parte, explicó que en el caso de Donostia el turismo está muy concentrado en algunos barrios. Añadió que se trata de una ciudad prácticamente sin vida nocturna. “No creo que los problemas que generamos nosotros sean relevantes”.

“Donostia es una ciudad muy turística de día. Eso genera problemas con los precios de los alquileres y con otro tipo de actividades hosteleras como los bares de pinchos. Pero no hay turismo de noche. Los activos turísticos de la ciudad se limitan al tema gastronómico o cultural, en el sentido de la alta cultura. Pero en algún momento, las instituciones deberían darse cuenta de que la noche también es interesante”, zanjó López.

La mesa acababa así con una conclusión principal: el acercamiento entre salas de concierto y turismo aún no se ha dado en España. Y emergía un reto relevante, sobre todo para las instituciones: falta intermediarios con las salas de conciertos. Figuras como el alcalde de la noche, de Ámsterdam, podrían servir de ejemplo.

Sobre El Autor

Gerard De Josep

Periodista y filólogo. Ha sido corresponsal en Grecia, ha publicado un libro sobre Syriza y actualmente escribe desde Barcelona para varios medios culturales. En su pueblo natal, organizó durante cuatro años un pequeño festival de música.

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