Para Obsidian Kingdom, banda afincada en Barcelona, los conciertos son una parte imprescindible de su carácter y los directos que han presenciado les han marcado en cada uno de sus pasos. Así lo expresa dice Rider G Omega, cantante y guitarra de la banda: “Han determinado mi propuesta artística y han despertado mi curiosidad para saber cómo puedo aplicar algo a mi propio grupo. En conciertos descubres una cosa que no has visto nunca y quieres disponer de esa herramienta”.

Para encontrar la primera referencia de Rider G Omega, hay que ir bastante lejos. Fue en marzo de 1997, No Doubt presentaba Tragic Kingdom en la sala Zeleste de Barcelona. Ese mismo octubre volvieron y actuaron en el Palau d’Esports de Badalona. “La música te llegaba por la televisión y MTV me engatusó. Había estado en EUA y me había tragado todos los singles de No doubt, así que cuando vinieron a Barcelona una amiga y yo fuimos a verlos con el beneplácito de nuestros padres. Ellos no sabían quiénes eran No doubt, pero con una chica al frente parecía un grupo inofensivo. Marilyn Manson, por ejemplo, sí que salía en las noticias y por eso me prohibieron ir a ver la presentación del Antichrist Superstar. Nos llevaron y nos recogieron del concierto de No doubt en coche, con la vergüenza que eso conllevaba en ese momento. El concierto me dejó alucinado por la posibilidad de la representación en directo; unas personas se reúnen y cantan todas a la vez”.

Una línea que lleve de No doubt a Dimmu Borgir seguramente tendrá bastantes curvas, y los grupos de transición entre un momento y otro fueron muchos. En dos o tres años Rider G Omega presenció otros conciertos de metal más comerciales, como Pantera, pero el de los noruegos le permitió ver la realidad del underground. Era una gira con Dimmu Borgir, Dark Funeral, Even Fall y Dodheimsgard en 1999, que en Barcelona paró en la sala Garatge. El tour no salía en los medios de comunicación convencionales, se anunciaba en carteles y se conocía, sobre todo, por el boca oreja. Un concierto para enteradillos para el que uno compraba las entradas en Revolver o en Music World. “Tenía un punto de clandestino: había gente de negro, con pinchos, todo el mundo bebiendo, drogándose… era otra forma de entretenimiento cultural, una escena más allá de los estamentos que conocía. El concierto fue fantástico y con el tiempo me ha servido para comprobar que estos artistas que ahora llenan escenarios de atrezzo y que hasta se pueden permitir una orquesta sinfónica nacional, empezaron desde abajo, entre peste y sudor. Era muy humano.”

El de Dimmu Borgir es un concierto bastante diferente del que destaca Ojete Mordaza II, batería de la banda: Metallica en el estadio de la Peineta en 2003. Los de Hetfield presentaban el St. Ainger, uno de los discos más criticados de la banda y que Ojete Mordaza II siempre ha defendido. Antes de que le pregunte nada, me avisa que su disco favorito de Metallica es el Load, y no entramos en el tema porque eso daría para otra entrevista entera. Él empezó a ir a conciertos cuando ya era mayor, pero la falta de experiencia le pasó factura. “Fuimos temprano para coger un buen sitio, pero no llevamos agua. No tenía ni puta idea de dónde me estaba metiendo: treinta cinco grados a la sombra y en la barra había unos precios absurdos. Además, nos habíamos puesto delante de todo y ya no podíamos salir de allí. Aún así, y casi deshidratados, quedamos anonados de lo que habíamos visto… recuerdo especialmente Fight fire with fire. También actuaron In Flames, que hicieron un bolo bastante salvaje, y tenía que tocar Linkin Park, aunque al final los sustituyeron Stone Sour. Había un grupo nacional llamado Plastic Circus, que no pintaba nada, pero en aquel momento no me fijé; no tocaba aún, aunque sí quería hacerlo”. Hace una pausa para pensar. “Unos años más tarde pensé «esto no es tan bueno como lo recordabas»”.

Sí, Metallica es un grupo del que muchos músicos reniegan cuando aprenden a tocar y se empiezan a fijar más en la técnica, pero para Ojete Mordaza II Ulrich ha sido clave. “Ulrich es mi ídolo de juventud, aunque es un paquete y cada año toca peor. El otro día, por ejemplo, vi un video y tocaba con un palillo en la boca… ¡Eres un millonario y llevas un palillo en la boca! Pero tiene carisma y se deja los huevos. Hace un bolo de tres horas y, joder, sabe dar un buen espectáculo; me llama la atención que el tío siga estando allí. Y, en el fondo, ha levantado el heavy metal. Me río y me cago en su puta madre, pero es de puta madre. Y Lulu también es de puta madre. Si me drogara escucharía ese disco todos las días”.

En algún momento Rider G Omega y Ojete Mordaza II se encontraron en un mismo grupo y, aunque vinieran de lugares diferentes, tenían en común la voluntad de crear un proyecto reflexivo en todas sus facetas. En su escapada del metal, entraron en contacto con el mundo de la electrónica y con el festival Mira, que en el año 2013 programó a The haxan cloack. Había otros grupos, pero ese fue el que marcó a Rider G Omega.

“Había experimentado con el post-rock, con grupos como Cult Of Luna, pero he desarrollado una pasión por los subgraves y por la electrónica. El concierto de The haxan cloack en el Mira fue como estar drogado. El contexto industrial, frío, áspero, duro, quedaba de puta madre. No había audiovisuales, lo importante era la música en si, experimentar con esas vibraciones. Las ondas sonoras te dejaban en estado de tránsito, el sintetizador te iba al estómago y te dejaba doblegado; volvías a la posición fetal, como si los graves fueran una reminiscencia de los latidos maternales cuando estás en tu paraíso intrauterino. En un show así desaparece el intérprete, que se convierte en una especie de Demiurgo haciendo funcionar unos cacharros que nadie entiende. Te podías permitir el lujo de mirar a tu alrededor y ver qué hacía la gente porque el foco no estaba puesto en el artista. El chute de endorfina fue tal que llegué a un estado de consciencia único”.

Obsidian Kingdom son constructores pacientes; poco a poco han montado los peldaños de una escalera para alcanzar sus objetivos, cada vez más ambiciosos. Como muchos otros, empezaron por grabar un par de Ep’s con tintes de black metal progresivo antes de editar su larga duración, Mantiis, en 2014. Era un disco ambicioso, concebido sin pausas entre canciones, y para presentarlo organizaron conciertos en Barcelona y Madrid. Mantiis les sirvió para fichar por la discográfica francesa Season of Mist y para colarse en algún festival europeo y girar con Sólstafir por Europa. En 2016 sacaron segundo disco, A year with no summer, e hicieron un nuevo tour europeo, esta vez con Shining. Sin pararse a descansar ya han empezado a trabajar en un nuevo álbum, y tienen claro que no quieren que sea metal. Seguramente será más electrónico y más directo, pero menos metal. Una premisa que los ha acompañado desde sus inicios: hacer metal alejándose del metal.

Sobre El Autor

Carles Pérez Druguet

De adolescente monté un grupo. Después de una semana organizaba un concierto. Y una semana más tarde escribía sobre ello. Y parece que fuera ayer.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.