La relación entre músico y local es necesariamente estrecha, pero sus posiciones no siempre coinciden. Ambos mundos buscan acercar posturas en favor de un objetivo común: el impulso de la música en directo. Este artículo publicado en el VII Anuario de la Música en Vivo, que volvemos a recuperar para la ocasión, recoge el testimonio de las partes implicadas.

“Las salas han sido muy importantes en nuestra carrera, porque fueron nuestro lugar de aprendizaje y donde sobrevivimos mucho tiempo”. Quien lo dice es Juan Aguirre, de Amaral, pero se trata de una frase que podrían suscribir la casi totalidad de los músicos, los pequeños y los que lograron dar el salto a espacios mayores.

A este último grupo pertenece Izal, que reconocen su deuda. “Nacimos en estas salas, en cientos de ellas que nos trataron y nos siguen tratando genial y que son el motor para que sigan naciendo nuevos proyectos musicales”, escribían en un comunicado.

La banda lo redactó para mostrar su apoyo a estos espacios tras la polémica que despertaron unas declaraciones suyas en las que denunciaban algunos locales -“la excepción”- que “especulan con la música” al pedir un alquiler “desorbitado” a grupos que empiezan.

El alquiler de la sala (a cambio, normalmente, de los ingresos por entradas) es probablemente el punto más conflictivo en la necesaria alianza entre los dos eslabones de esta cadena artística y empresarial. ”Abrir una sala de conciertos requiere una fuerte inversión y en muchos casos supone un proyecto de vida para muchos de sus fundadores”, respondió inmediatamente la asociación de salas privadas de música en directo (ACCES) antes de subrayar que “lo que se conoce peyorativamente como alquiler corresponde al espacio, al equipamiento técnico y humano de la sala, a los gastos de promoción y al formato y aforo de la sala”.

Las salas se defendieron (“Quizás sea en las salas donde la especulación, si existe, produzca menos beneficios”) e Izal matizó sus declaraciones (“La inmensa mayoría se basan en el respeto y la pasión para con la música y el músico”), pero sus comentarios previos estimularon un debate.

¿Un reparto justo?

“¿Con la música se ha especulado? No he tenido esa sensación. A veces no me ha parecido razonable el reparto, pero entiendo que es el peaje que hay que pagar para llegar aquí”, comenta Vanesa Martín, quien no obstante reconoce que los comienzos no son fáciles: ”En mi caso, había veces que ganaba 30 euros y me gastaba 20 en el taxi”.

No lo fueron tampoco los de Rozalén: “O no te pagaba nadie o te querían pagar con una botella de ron”. A muchos artistas noveles tardan en salirles las cuentas. Supersubmarina pudieron permitirse sus tres primeros años en la música porque vivían con sus padres, por eso aplauden iniciativas de salas que no cobran nada por tocar. “A nosotros, algunas hasta nos han dado la cena”, destacan. ”Es complicado para una banda que está comenzando y que igual no va a recibir mucho público. Para ellos también es una inversión, un poco lo comido por lo servido… o por lo perdido”, reconoce Eva Amaral. No se puede olvidar la situación a la que se enfrenta el sector. “Hoy por hoy contamos con muchas salas muy profesionalizadas y otras que luchan por sobrevivir a unas leyes del espectáculo totalmente obsoletas, con una falta absoluta de homogenización de las licencias, con un laberinto administrativo para la obtención de permisos y normativas que en muchos casos se contradicen”, dice ACCES.

El compromiso de las salas

Esa complejidad la reconocen los artistas. “El circuito es cada vez un poco más pequeño. Han pasado seis años desde que diéramos nuestro primer concierto en La Mala, en Madrid, y las cosas no ha cambiado mucho, desde luego no se ha incentivado, que es lo que debería hacerse”, señala Mikel Izal.

“Sería muy importante que pueda entrar gente de todas las edades, porque te da un espectro mayor de público, igual que rebajar el IVA de las entradas y que ese dinero se pueda invertir en una infraestructura mejor”, apunta Supersubmarina.

Además, la afluencia ha subido en los grandes espectáculos, “pero se está perdiendo el hábito de ir a un concierto aunque no sepas quién toca”, destaca Amaral, para quienes “cualquier sitio donde haya un escenario y público merecería una consideración especial”. En esa línea va la opinión de Nacho Vegas, que tiene un espacio musical autogestionado sin ánimo de lucro. ”Lo que debería haber son mecanismos públicos para que no prime la visión empresarial sobre la cultura de una ciudad: no solo espacios públicos, sino también ayudas para ofrecer conciertos a un precio reducido, pero a los que tengan un compromiso con la música”, subraya.

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