Decenas de empresarios afirmaron tener la receta secreta de los festivales. Una década después solo han sobrevivido los mejores

Radiohead sonaba en el Festimad. Lou Reed, Portishead y Pixies en el Primavera Sound. The Project traía a Kings of Convenience y Tortoise. Patti Smith inauguraba la 45 edición de Jazzaldia. ¿Sabes de qué época hablamos? Pues ya hace diez años

En 2010, la ministra de Cultura de Jamaica vino a España para celebrar el cambio de sede del festival Rototom Sunsplash a la playa valenciana. Venían huyendo del ambiente hostil de la administración de Berlusconi. “¿Será verdad que España se ha convertido en el paraíso mundial de los festivales musicales?”, dejó caer la ministra en el evento de inauguración. Lo era. Lo que no sabía es que el Rototom estaría en el Top 10 de festivales en la siguiente década. Tampoco que a él se le sumarían el Low y el Arenal Sound en los primeros puestos. Al parecer algo más había en Valencia que la ausencia de Berlusconi. 

¿Todos son promotores?

Por esa misma época, los festivales que jugaban las grandes ligas eran el Rock in Rio, Primavera Sound, Sónar, FIB, BBK Live, Festimad, Espárrago Rock y SOS 4.8. Al mismo tiempo, el Cruïlla dejaba Mataró para ubicarse en el Fòrum de Barcelona y el Starlite enseñaba al mundo lo que era Marbella. 

Todos buscaban reunir cinco ingredientes: historia, público, recinto, apoyo institucional y un buen line up. Pero una buena receta toma tiempo y la experiencia es lo que marca la diferencia. Hay que saber diferenciar un bluf de un promotor. Porque luego habrá momentos de crisis. Y habrá que buscar el elemento diferenciador. La meta última es aunar una fan base que te siga allá donde vayas… aunque te la juegues remplanteando qué es the new normal .

Carlos Espinosa, director de Riff Producciones y el cocinero detrás del Bluescazorla, decía en 2011: “Hace cinco años, parecía que cualquiera pudiese montar un festival con dos grupos grandes, tres pequeños, un descampado y mil metros de valla metálica. Eso no es un trabajo bien hecho”. 

Ese era uno de los objetivos de la Asociación de Promotores Musicales (APM): defender a los verdaderos profesionales frente a los bulos y los presupuestos desorbitados. Y si esto era una batalla, al menos tenía que haber una estrategia. Los promotores que no la tenían en 2010, cayeron ante la crisis de 2012: las infraestructuras eran insostenibles y el modelo de negocio se estaba quedando obsoleto.

Alberto Guijarro, director del Primavera Sound, sabía de lo que hablaba: “La competencia en 2007 y 2008 fue feroz. Casi nos lleva a la tumba a todos los festivales”. “La competencia era doble, primero por fichar a los grupos y luego porque compartíamos un mismo público”, añade.

Foto: Patrick Albertini

Se necesitaba espacio y apoyo

Pero volvamos a la receta original. Si gusta, más gente querrá comérsela. En 2004 el Primavera Sound se celebraba en el Poble Espanyol y el Sónar de día en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB). Digamos que la capacidad de espacio limitaba su proyección. El director del Primavera fue el primero en insistir que necesitaba un recinto más amplio. Lo mismo que después dirían desde el DCode en relación con las instalaciones de la Complutense. Y ahí siguen a día de hoy. También en Madrid, Arganda del Rey, con un recinto de 200.000 metros cuadrados, cogía peso gracias a Rock in Rio. Es el mismo espacio que hoy acoge A Summer Story. 

Otro ingrediente: el apoyo institucional. En 2010 el Ayuntamiento de Barcelona aprobó una partida de 631.000 euros para ayudas a los festivales que se celebraban en la ciudad. La crisis hizo que los ayuntamientos redujeran su presupuesto en cultura. Pero los festivales no notaron el golpe. No en ese momento. Roberto Medina, director de Rock in Rio, proponía crear sinergias con los consistorios. Vender el know how a precios que pudieran pagar y generar propuestas que sumaran valor social al ocio. 

El Sónar celebró en 2010 una edición en A Coruña y renovó el acuerdo por un año más con la Consellería. “El festival electrónico es el eje central de una acción de doble alcance: dar visibilidad a artistas gallegos dentro del panorama internacional, y crear un evento de prestigio que repercuta en la imagen de Galicia”, afirmaban. 

En esa búsqueda de tener referentes se pretendía ser como el Reino Unido, donde el Estado apoya a la música por su vinculación con el aumento del PIB. Pese a eso, Vince Power, director del FIB entre 2010 y 2013, aseguraba: “El circuito inglés y el español están al mismo nivel. Me parece más sencillo montar un festival en este país que en el Reino Unido porque los municipios españoles son más tolerantes en relajar los reglamentos”. Afirmaba que “Inglaterra es un infierno de regulaciones sobre ruido, tráfico, acampada y otras cosas”, en cambio “España tiene a su favor el buen clima y el nivel de las infraestructuras para atraer público de fuera, especialmente británico”.

Tres años más tarde, Power se veía obligado a vender el 65 por ciento de las acciones del festival a la empresa SJM Concerts, con Denis Desmond al frente. Al parecer, montar un gran festival no era tan sencillo como pensaba.

El lugar es una de las claves para mejorar la experiencia del usuario. Martín Perez, director de Concert Studio, supo verlo cuando en 2001 fundó el Festival de Cap Roig en los jardines de un castillo en la Costa Brava. Cuando en 2012 el festival pasó a manos de Clipper’s Live, Pérez inauguró el Festival Jardins de Pedralbes. La ubicación volvía a primar por encima de todo. Mientras, los gigantes seguían creciendo: el Low ampliaba en 2010 un día más sus actuaciones, Jazzaldia recibía 106.000 espectadores, demostrando que el jazz puede ser mayoritario, y Arenal Sound crecía al año siguiente en un 60 por ciento. 

Todo era prometedor. A pesar de la crisis, los jóvenes seguían considerando los festivales como una vía de escape. Guijarro vendía el suyo como “una semana sin los padres”. Hasta que llegó el ivazo en 2012. Era como ese invitado inesperado que te arruina la fiesta. No te la cierra, pero te pone a un vecino gruñón a un palmo de tu oreja. Muchos respondieron al golpe, innovando. Y donde surgían estas ideas eran en las ferias profesionales: Sónar Pro contaba con 2.385 acreditados; Primavera Pro, con 1.414; Monkey Week, con 487; y SOS Pro, con 300.

En este contexto la promotora Esmerarte creó un nuevo modelo de festival. Instalado en Caldas de Reis, en Pontevedra, PortAmérica estaba “basado en la cultura y en la música como elemento generador de dinamismo socioeconómico”, afirmaba entonces Kin Martinez. Tenía tres patas: un cartel con nombres como Love of Lesbian y Julieta Venegas; un espacio gastronómico con restaurantes de estrella Michelin y Mercainnova, una plataforma de emprendimiento empresarial multisectorial.

Por aquel entonces, el Festival Internacional de Jazz de Barcelona, veterano de la escena otoñal, continuaba a paso firme. “Somos consecuentes con la historia del festival y continuamos programando en los mismos espacios, pero lo hemos hecho crecer con quince recintos por toda la ciudad”, decían desde The Project. Quizá la clave estaba en ser un festival de nicho. “La especialización se está convirtiendo en lo más usual. Se trata de una profesionalización de la escena de los festivales manteniendo la especificidad de cada uno”, añadían desde la organización del Sónar.

Al otro lado de la balanza estaba el codirector del SOS4.8, Roger Dedéu, que defendía la oferta ecléctica: “Es un estilo de festival que, aunque repetido en el territorio, me parece que ya es un género en sí mismo”. Hoy el Sónar cumple 26 ediciones. El SOS4.8, en cambio, bajó la persiana en 2016. Producciones Baltimore aprovechó el hueco para fundar el WAM, que en 2018 pasó a llamarse WARM Up. “El mercado español sigue muy castigado por la crisis, pero en este país los festivales continúan funcionando”, decía Jordi Herreruela, promotor al frente del Cruïlla, en 2013 –festival que, por cierto, también cambió su nombre: en sus primeras ediciones eran Cruïlla de Cultures–. “Pocas veces nos paramos a pensar los altos costes de contratación y producción que tiene un evento de estas dimensiones”, reflexionaba Guijarro. 

En 2014 se canceló de un día para otro el festival Jiwapop de Montcada i Reixac. La organización se quedó el dinero de hasta 21.000 entradas vendidas. “La descomunal crisis ha servido de sabio y cruel filtro para que solo sobrevivan los mejores festivales, los más atractivos, los más baratos, los que fueron más profesionales en épocas de vacas gordas y los que siguen siendo subvencionados de forma más o menos directa por determinados partidos políticos”, declaraba entonces Fernando Duentes, director de DJ Mag España. Bilbao BBK Live y Low Festival colgaban sus primeros sold out.

Pero en Madrid algo fallaba. Festimad, Metrorock, Rock in Rio, Electric Weekend, Sonisphere: ninguno de ellos acabó de funcionar. “Madrid está a la cola. No tiene el gran evento musical que tanto anhela”. Curiosas palabras, teniendo en cuenta que era Javi Arnaiz el que las decía. “Quizás el espacio ya exista y no lo hemos descubierto o quizás no haya llegado nunca un proyecto ambicioso para crear una marca ciudad”. El proyecto llegó en 2018: Mad Cool en Ifema. 

En 2016, la ciudad tenía confirmadas tres nuevas citas: Mad Cool, Utopía y GetMad. Ese mismo año cayeron nueve festivales en el resto del país, la mayoría de ellos en Andalucía. En la Comunidad Valenciana, el Marenostrum se suspendía cinco días antes de celebrarse al recibir una notificación del ayuntamiento. El Arenal Sound, por su parte, vio peligrar su celebración en la playa donde se había ubicado desde que empezó en 2010 por una sentencia negativa del Ayuntamiento de Burriana. 

“No hay una normativa clara, es ambigua y se resuelve ‘al final de’ y no ‘al principio de’. Estamos dentro del sector de la construcción, cosa que no tiene ningún sentido. Nuestra actividad está sujeta al criterio subjetivo de un técnico municipal”, se quejaba entonces David Sánchez, director de la cita veraniega en Castellón. Finalmente salió adelante en el recinto de siempre. Pero, en opinión de Sánchez, eso puso en juego la credibilidad del festival.

Y mientras algunos promotores se peleaban con la administración, el Rototom Sunsplash registraba una ocupación hotelera que rozaba el 100 por cien. Era el primer año en que colgaba el cartel de entradas agotadas. A su vez, en Barcelona el Sónar y el Primavera Sound registraban cifras récords, el segundo agotando los abonos a un mes de la celebración. 

Foto: Guillermo GS / A Summer Story

Especialización, la clave de todo

Viendo el panorama, para el siguiente año había suficientes promotoras que tenían la pauta marcada. “Una línea musical clara y con un sentido propio totalmente definida, para que los más de 45.000 asistentes tengan del todo claro lo que se van a encontrar, conozcan la filosofía e incluso puedan hacer la suya”, decía Jesús López presentando el proyecto A Summer Story. Dos ediciones después ya se había consolidado como cita de referencia. Por su parte, el Brunch -In se posicionaba como festival de música electrónica con el valor añadido de ser family friendly.

Y de Montjuïc a Peralada. De pasar un domingo en shorts y en familia hasta maquearse para ir a una cena de gala en el casino antes de la ópera. Todo ello puede hacerse en el marco de los festivales de música. “Lo que empezó como una aventura apasionada se ha convertido en un evento consolidado de referencia internacional que cuenta con un notable prestigio y reconocimiento por parte de artistas, público y crítica”, recordaba en 2016 Carmen Mateu, presidenta del festival Castell de Peralada, fallecida este 2018. 

“La tendencia en los próximos años es que existirán entre diez o quince festivales de alto nivel, y el resto tendrán que focalizarse más en experiencia y entorno. España tiene un gran potencial por su variedad cultural”, apuntaba Robert Grima, presidente de Live Nation Madrid. Es justo lo que ocurre. Martín Pérez llevaba practicándolo desde el primer día en Pedralbes: “Recibir a los asistentes con una alfombra roja, abrirles la puerta de su coche, guardar y limpiar los cascos de la moto, vigilar la zona de aparcamiento, entregarles un programa de mano de alta calidad, facilitar la movilidad con coches eléctricos dentro del recinto”. Eran detalles que él enumeraba como importantes.

“Hasta ahora, una de las actividades principales de los promotores era la relación con los artistas y los mánagers, con las salas y las administraciones públicas, incluso con los medios de comunicación y los patrocinadores. Ahora, deberíamos obsesionarnos con el público, deberíamos conocerlo y cuidarlo, dejarlo de ver como una masa de personas para empezar a ponerles nombre y apellidos”, añadía Herreruela.

Si esto fuera una serie, si esto tuviera fin, ya sabríamos quiénes han logrado librar las batallas de la última década. Pero la carrera no acaba, ahora el futuro está en mejorar lo inmejorable, en programar lo imposible, en encontrar el detalle en cada servicio, que cada minuto tenga un toque de innovación… Conseguir el umami de la receta era más fácil que todo esto. Pero bueno, el juego no es para cualquiera y lo sabemos.

Este texto ha sido originalmente publicado como en el décimo aniversario del Anuario de la música en vivo

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Maca Arena

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